Un Belén viviente, una odisea en un poco de espacio
No hay mente humana que sea capaz de pensar qué es montar un belén con cien extras vestidos de pastores, una docena de angelitos, tres reyes –y menos mal que no hay ninguna princesa preñada de una niña- y un Papá Noel reivindicando la República, a dos pasos del niño que hace sus necesidades al respaldo de unos pencales. Ni se lo suponen, aunque lo peor de todo son los doscientos padres de los pastores y de los otros personajes mitológicos, los cuatrocientos y pico abuelos, el puñado de padrinos, además de unos cuantos tíos políticos, protestando porque a su ahijado en tan valiente puesta en escena, apenas se le ve una ceja y la punta del cayado con el que, si esto del rebaño fuese verdad, apacentaría a las humildes borregas. Como no lo es aprovechará para largarle un bastonazo a su amigo Christian Salvador en el momento que se ponga a tiro. –Seño, Gaspar me ha dado un palo. Triste sino el de la señorita que en ese mismo momento está apañándole la túnica a San José, que tiene una irrefrenable necesidad de hacer pipí. Los pastores han ido llegando y ocupando metódicamente el lugar asignado mientras los padres delegados –esto es un ensayo, una sesión privada sólo para privilegiados, ya llegará el día del gran estreno- se hacen hueco en el improvisado patio de butacas como espectadores excepcionales de la ocasión. ¡Qué bien que queda mi niña de aguadora! ¡No hay un pastorcito más guapo!
01/02/2007 00:57
