Micción angelical de efectos especiales
Pero todo llega y el día del estreno también. No por nada, y fundamentalmente porque las vacaciones y el descanso de los guerreros están a la vuelta del polvorón y del niño de San Ildefonso –perdón, o de la niña- que se desgañita repartiendo números, salud y un poquito de felicidad; para que los chicos de la tele vuelvan a decir lo de siempre: Que si cayó en Sort, que si no tocó, que si... En fin, que los maestros, tienen un ojo en el belén y otro en los del bombo, por si llega el momento de mandar a paseo a más de tres. Por lo pronto el angelito que anuncia “Paz a los hombres de buena voluntad” ya está en lo más alto de la escena con sus alitas y su traje de raso blanco. ¡Si lo llegara a ver Lucía Bosé! San José y la Virgen, que acaba de dar a luz un “action man”, toman su sitio en la cueva de cartón piedra. Si no fuera porque la Virgen no deja de hurgarse en la nariz sería una postal lindísima. Una pena, al Patriarca las barbas postizas le han provocado un sarpullido menudito que ya veremos en que queda. Canta el coro de pastores. El angelito se tambalea en las alturas. Mueve las piernas como si fuera una araña que baja del techo. Sigue el movimiento de piernas. “¡Mamá, mama...!” Se rasca la entrepierna con insistencia hasta que llega lo inevitable. “¡Que no puedo más....!” No le da tiempo de terminar cuando una lluvia de orina riega las cabezas de los santos. Los pastores se sacuden la agüita amarilla y los padres alucinan en colores con un efecto de lluvia en directo. ¡Bravo, bravo! Deberían dar un premio a la maestra que absorta, anonadada por los efectos de la urea, no deja de preguntase con perdón: ¿Por qué no viviría Herodes cuando nació esta criaturita? La seño, que ya tiene claro que celebrará su onomástica el día de los santos Inocentes, mete la cabeza donde puede. Cierra el telón. De aquí al cielo.
