Las víctimas del sistema (educativo)
“Eso es discriminación”. “Seguramente lo será”, pensó el profesor cuando la Jefa de Estudios le presentó al papá del discriminado. “Encantado de conocerle, soy el tutor de su hijo”. El buen padre habló del derecho a la Educación, del derecho a no ser discriminado del angelito de su niño, de la democracia en la Educación, de... El profesor atento y servicial le recordó que de forma reiterada le había comunicado la actitud negativa de su hijo, y que le habían quedado todas, excepto Religión, y eso porque el profesor valoró en positivo que había cargado pasos durante la Semana Santa. ¿Tan niño?, preguntó el tutor. “Es tradición en la casa -confirmó Papá- como Banderas, como Trillo, como Pipi Estrada, un hombre”.
defectos de forma
La entrevista terminó como el rosario de la aurora. Sonó el timbre y el profesor se disculpó para incorporarse a clase. “No quedará así”, aseguró el interesado padre con rotundidad. Y se fue directo a la Inspección. Y en el Servicio de Inspección lo trataron con vocación de oficinistas democráticos y el buen padre salió contento y con un sello en la frente. Y fue feliz porque le dijeron a todo que sí y que sí y que sí. No hay terapia mejor para subir la autoestima que acudir a un servicio de atención al cliente o al usuario. ”Por supuesto, usted tiene la razón”. Y el señor inspector asumió los valores democráticos del padre y hasta los comprendió. Y llamó al orden al director. Y el director hizo lo propio con el profesor. Y el inspector bajó a la arena y comprobó que el tirano, el profesor, había reiterado sus quejas en la agenda escolar del alumno, y que el niño tenía un historial de amonestaciones y monsergas; pero supo también que el padre no las había firmado. Y se sintió dichoso y útil a la sociedad. Había un error de forma en la notificación: El papá democrático nunca se había dado por enterado de nada. ¡Qué falta de responsabilidad del tutor!.
El buen muchacho había suspendido diez de once asignaturas, pendientes aparte. Pero en su casa, siguiendo las instrucciones del Super Tutor, un reality show de la televisión, para que la postura de sus padres no se entendiese como un chantaje ni se resquebrajara su moral, le regalaron una Yamaha Premiun con la que berreaba a casco quitado por los alrededores del instituto. La compra de la moto tuvo su efecto positivo. El manual del GPS del artefacto incluía algunas páginas en inglés y eso le mantuvo por lo menos tres días motivado en las clases de idioma. Aprendió el significado de “On”. Pero lo bueno no dura toda la vida.
Cuenta una leyenda que se refiere con expectación en las Salas de Profesores, que antes del Proyecto Gran Simio hubo otro, el proyecto pequeño simio, que consistió en matricular un chimpancé en un instituto de enseñanza secundaria, y que evaluación tras evaluación, una repetición tras otra, más la correspondiente adaptación curricular, aquel estudiante tan mono, se graduó en Secundaria, y que si no se matriculó en bachillerato fue porque papá prefirió emplearlo en un búrguer. No crean que fue fácil que se titulara, fueron necesarias múltiples sesiones de evaluación y varias intervenciones del departamento de Orientación, además de algunas oraciones del cura, que impartía clase de Religión, por la salvación de su alma. “Si Keith Richard, guitarrista de los Rolling Stones, hace el mono en las islas Fiji en Nueva Zelanda subiéndose a los cocoteros, aunque se caiga, quiénes somos nosotros para negarle la graduación a nuestros alumnos. ¿Quién no ha visto el documental en el que un chimpancé usa una herramienta para desayunarse unas hormigas?”, recordó el profesor de Tecnología.
Biblioteca escolar
Las sesiones de evaluación se hacían en la Biblioteca escolar después de las clases. En aquella biblioteca por no haber no había ni polvo. Y las pocas novedades de sus estanterías se debían a que el Secretario del centro cambiaba de periódico según la colección que regalaba. Ahora hablaban de muchos millones para remozarlas. Si algo le gusta a un político es hablar de millones y de reformas. Entre los usuarios de la biblioteca estaban también los alumnos castigados sin recreo o que incordiaban más de la cuenta en clase. Según conocí de voz de uno de los maltratados con tal costumbre, los profesores ni se imaginan el terror psicológico que es sentarse rodeado de libros que además de pastas tenían letras, una pesadilla. Habrá cosa más triste que un libro, por no tener no tiene ni botones como la consola. “Los libros que mamá tiene en el mueblebar del salón sólo tienen pastas y están huecos, pero son más bonitos que estos”. El descubrimiento de que los libros tenían cosas en su interior había causado en el alumno tal frustración que estuvo una semana averiguando cuales eran los verdaderos, los que adornaban el salón de su casa o aquellos. Hasta pidió cita con la Orientadora y le relató la variante de maltrato que estaba sufriendo. Por un momento la orientadora creyó que algún profesor lo ponía en un rincón en cruz con un par de gruesos tomos sobre sus angelicales manos. Pero no, la cosa era todavía más grave.
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Pedro Gómez -