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El diario de los mártires

La desventura de enseñar

El timbre del recreo irrumpió de golpe sobre los techos desconchados de los pasillos, pendientes siempre de la dotación correspondiente para pintura. En los veinte años que tenía el centro sólo habían conocido una mano, la primera. Un estruendo como de marabunta lo inundó todo. Las papeleras y los contenedores de los pasillos se llenaron con envoltorios de Bollicaos, sobaos y con el papel de aluminio de centenares de bocatas a medio comer. Efectos de la dieta mediterránea. Algunas abnegadas madres esperaban en la valla para entregarle a su niño el desayuno con pan calentito y reciente. Coincidía muchas veces que los más perros, los peores estudiantes y los de menos educación, tenían esas prebendas, como las mejores motos y los botines más guays.

Un guardia de seguridad se apoyaba sobre una de las porterías de las pistas de deporte. A los alumnos les llaman la atención las esposas relucientes y algunos hacen bromas sobre la porra. En las rejas una pareja se arrulla y con disimulo pela una pava de adolescentes con prisas de comerse el mundo. Metros más allá, en la puerta del instituto, como acatando una orden de alejamiento, media docena de profesores y profesoras descansan y encienden cigarros prohibidos rejas adentro. Por los patios y pasillos una cuadrilla de docentes se hace cargo y se distribuye para la guardia. Por ley tendrían que vigilar sólo a los niños del primer ciclo de segundaria, pero pocas veces se hacen distinciones. No tardan en reprender a unos niños enfrascados en una bronca sin más trascendencia. Están con la mosca detrás de la oreja desde que hace unos días se colaron en el patio tres niñatos con poco más de 13 años armados con bates de béisbol para ajustar unas cuentas pendientes.


Trapicheo en las vallas

Un coche de patrulla de la policía municipal aparca en las cercanías. Un par de interesados se hace el longui y abandonan su lugar estratégico en la valla. El Ministerio del Interior ha publicado hasta la saciedad un nuevo plan de vigilancia en los alrededores de los institutos. El día que empezó todo, el día de las fotos y las noticias, no hubo nadie trapicheado en las vallas traseras, hasta los intercambios en los servicios se hicieron con algo más de disimulo. Desde la radical prohibición de fumar, se dice que las pastillas y las rayas han tomado posiciones de partida en los retretes.

La clase intenta irse asentando y los alumnos remolones van llegando en cuenta gota. El profesor llama la atención a los que se incorporan con estruendo y portazo. El último se marca un golpe de kárate y cierra la puerta en seco entre aplausos. -Usted, salga de clase y vuelva a entrar. Pida permiso y no dé patadas a la puerta. –No me sale la polla. Váyase usted señor González –refiere con sorna el insurrecto. –O entra correctamente en clase o tendrá que abandonarla. -Olvídeme y no me toque los huevos, que a mi no me manda ni mi padre.

El profesor agarró al alumno del brazo y lo obligó a salir. El chico le hizo frente y hasta llegó a golpearlo en el pecho. La causa terminaría en los tribunales. Los papás no tenían para comprarle al varón el libro de lectura obligatoria –6 euros- pero sí podían hacer frente a la minuta del bufete de abogados. Por esta vez el juez en primera instancia estimó que no hubo “extralimitación alguna en la actuación del profesor” y que “la ley posibilita que se ejecute la orden (de un profesor) por la fuerza, empleando para ello la indispensable”. Al profesor hasta se le vio sonreír. En la puerta de los juzgados el Sindicado Independiente de Empleados Públicos, que ejerció la acusación particular, criticó que la Consejería de Educación ni siquiera se hubiera presentado como acusación pública en el procedimiento. Promete otra cosa pero siempre se le echa en falta cuando más se la necesita. No debe ser lo correcto políticamente.


Condones sin caducar

En Jefatura de Estudios un revuelo rompió el silencio monótono del pasillo. Un buen padre hartamente preocupado por la educación de su hijo, con todas las de la ley, voz en grito, argumentaba y refregaba a quien quisiera oírle que pagaba impuestos como el que más y que por esas, podía, como hace, montar su numerito. “Mi niño –se escuchaba-; si mi Jonatan la trae es para defensa personal. Bien sabe que no la tiene que usar. Ahora, si él es agredido... ¿O qué, o se va a quedar como un pasmarote?” Al santo de su hijo los profesores de guardia en el recreo el día antes le habían requisado una navajilla plateada, afilada y reluciente, mientras se regodeaba con ella en el patio.

La profesora que llegaba entendió de inmediato que no estaba el horno para bollos y decidió irse con sus problemas de tutoría a otra parte. El Orientador estaba allí con sus orejas hermosas dispuestas a escucharlo todo o casi todo, lo mismo una falta de regla que unos abusos deshonestos. De todas formas algo tenía que ver en el asunto. Llamó a la puerta y pidió permiso para entrar. El Orientador leía las bases del penúltimo plan de lucha contra la violencia en las aulas. El profesor le puso sobre la mesa la nota que poco antes había interceptado cuando se la pasaban dos de sus educandos mientras ella intentaba explicar como resolver una ecuación con una incognita. “Si Kieres kdamo sta tard y follamos, no valla a se que kaduken los condones que nos a dao el orientao”. Falta más o menos la notita decía más o menos eso. Cuando la profesora la confiscó y la leyó se le subieron los colores como si de pronto fuese primavera. Todo lo contrario que su autora, que resueltas en dudas, como dijera Miguel Hernández, apeló a su derecho a la intimidad, mientras la miraba con descaro y hasta con complicidad. -Venga, enróllate, que tampoco hemos hecho nada –fue lo único que dijo.

El orientador la leyó, se subió las gafas, y no dijo gran cosa: ¿Viste si caducaban pronto?

El timbre de salida rompió el encantamiento. Mañana sería otro día. En la puerta el mismo papá que pagaba sus impuestos esperaba a su niñito luciendo coche nuevo y reluciente con el motor en marcha, como la LOE.

El principio del cuento educativo

No eran las ocho de la mañana cuando sonó el teléfono de la salita y al otro lado de la línea un buen hombre pidió ayuda para convencer a “su niño” de que tenía que vestirse para ir a clase. En Radio Nacional ensalzaban los valores de la nueva Ley de Educación y en la trastienda de los micrófonos los trabajadores se despedazaban y echaban a chinos la despedida y cierre prometida por Caffarel,

–No puedo con él, a ver si usted como tutor... Antonio, aquí está el maestro –gritó el padre al otro lado-. Que dice que tienes que ir a clase, que es tu deber y que además se me está haciendo tarde para irme al trabajo... Mire usté, que no está la madre y que no se quiere levantar –justificó con naturalidad el sufrido padre-. Póngase usted, que yo es que no puedo con él, haga el favor.

El bueno de Antoñito había escuchado la conversación reliado en su edredón de plumas con funda nórdica con estampado de Chin-chan. El profesor no había logrado abrir la boca. Todo aquello le parecía la telenovela de la vida. Y por un momento, hasta creyó que se le aparecería de un momento a otro la ministra Sansegundo, le zamparía un beso de agradecimiento por su labor tutorial, y mandaría a casa del pupilo el helicóptero de Tulipán en misión rescate. Pero esas cosas sólo pasan en los cuentos y esto era la realidad.

Pensó pedir ayuda a los bomberos para que sacarán de la cama al adolescente embotellonado, igual que en ocasiones dedican su tiempo a bajar al gato de la vecina encaramado en el árbol. “Lo siento, todavía no ha empezado mi jornada laboral”, fue lo único que acertó a decir antes de que el buen padre le recordase que cobraba por tutor. Contuvo la rabia y se mordió la lengua.

En la radio hablaban del número de asignaturas con el que se repetiría curso en la LOE y si la Religión... Lo de siempre. Eso ya le daba igual. Después de sufrir en sus carnes tantas modificaciones casi no sabía discernir cómo fue antes ni cómo sería después. Empezaba a abominar de las reformas y de los reformadores. “Estos políticos han confundido lo de legislar con el mando de la tele”. Llevaba más de treinta años en el oficio y nadie le había preguntado nunca su opinión ni a él ni a nadie que conociese. Una vez le pasaron una de esas encuestas que nadie lee y ahí se le acabó el sueño de participar. Después de todo sólo era un trabajador más de la enseñanza, las leyes, los decretos, las órdenes y otros papeles de guardar. Así que cada uno en su clase y dios en la de todos. Hasta en los públicos. Y así una clase tras otra. Y de vez en cuando una tutoría y algún padre desesperado. ¡Quién le mandaría dar su teléfono en la reunión de padres! No se puede creer uno todo lo que anuncia la publicidad de las compañías médicas privadas.


La salsa de la vida

La adolescente carraspeaba como si se fuese a ahogar de un momento a otro asfixiada en su propia salsa. Los sonidos guturales, roncos y desagradables se adueñaban de la clase mientras el profesor pasaba lista. –Señorita, por favor. Acertó a decir entre un apellido y otro. -¿Qué pasa, es que tú no tienes mocos? A mí me deja tranquila ¿eh? –apostilló mientras se restregaba las narices con un pañuelo de papel hecho casi un amasijo. En un intento de colaborar en la limpieza de la clase, lanzó la inmunda pelota hacia la esquina en la que estaba la papelera. No acertó. –Por favor... -sugirió el profesor. –¿Yo? ¿Y para qué están los limpiadores? ¡Qué trabajen, qué son unos flojos! ¿O es lo voy a hacer todo yo? El resto de la clase seguía el combate con devoción y expectación inusitada. Estos debates eran de las pocas cosas que ponían en guardia las neuronas de aquel grupo de Educación Secundaria. El profesor le advirtió de que si no lo hacía tendría que ponerle una amonestación disciplinaria y que no estaba el horno para más bollos. La señorita de la carraspera le oyó como si escuchara llover. En algún momento hasta pensó que un policía le leía sus derechos. Una pedorreta irrumpió desde el fondo de la clase entre el asentimiento generalizado y la vergüenza de la minoría. Los apellidos y los nombres siguieron hasta el final mientras los unos y las otras -las señoras ministra y consejera habían impuesto el juego de la o y de la a para terminar con la violencia de género- hablaban del testarazo que recibió un linier por una falta mal pitada. Un móvil en desuso, fuera de cobertura, terminó con el pobre hombre en la enfermería. Todos y todas reían mientras algunos de los protagonistas se jactaban de la hazaña. El Kolectivo Naranja contaba con seguidores en la clase.

La presencia de la Jefa de Estudios calló por un momento a los estudiantes o lo que fueran. Se llevó a una pareja de encantadores adolescentes que en el anterior fin de semana había aprovechado la tecnología de última generación para grabar sobre las tres de la madrugada una felación a pie de botellona con la cámara del móvil. La niña en acción era una de las alumnas con Necesidades Educativas Especiales en proceso de integración.

–Pero si eso ha ocurrido fuera del centro, qué tenemos que ver nosotros. -El director intentaba rehusar la pregunta del periodista que esperaba en el teléfono-. ¿Cómo que han subido las imágenes a Internet en clase de Informática, quién lo ha dicho?, preguntó el director ya fuera de sitio.

Lo habían dicho los padres en comisaría al responder a las preguntas del policía que investigaba la denuncia.

-¿Y los alumnos estaban solos en clase?, insistía el periodista.

Desde la ventana se veía la clase de informática y en las pantallas de los monitores se sucedían los millones de colores de la red. El profesor atendía de manera personalizada las dudas planteadas por los ocupantes de uno de los quince ordenadores de la clase sobre la práctica a realizar. Parecía una clase tranquila y normal. Algunos decían que estas máquinas con sus juegos y sus colores amansan a las fieras.

–Harían falta mil ojos para que nada escapase al profesor –justificó el director mientras miraba de reojo el proyecto de centro T.I.C. que tenían en preparación y con el que prometían un ordenador por cada dos alumnos –diga también alumnas, por favor.