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El diario de los mártires

El principio del cuento educativo

No eran las ocho de la mañana cuando sonó el teléfono de la salita y al otro lado de la línea un buen hombre pidió ayuda para convencer a “su niño” de que tenía que vestirse para ir a clase. En Radio Nacional ensalzaban los valores de la nueva Ley de Educación y en la trastienda de los micrófonos los trabajadores se despedazaban y echaban a chinos la despedida y cierre prometida por Caffarel,

–No puedo con él, a ver si usted como tutor... Antonio, aquí está el maestro –gritó el padre al otro lado-. Que dice que tienes que ir a clase, que es tu deber y que además se me está haciendo tarde para irme al trabajo... Mire usté, que no está la madre y que no se quiere levantar –justificó con naturalidad el sufrido padre-. Póngase usted, que yo es que no puedo con él, haga el favor.

El bueno de Antoñito había escuchado la conversación reliado en su edredón de plumas con funda nórdica con estampado de Chin-chan. El profesor no había logrado abrir la boca. Todo aquello le parecía la telenovela de la vida. Y por un momento, hasta creyó que se le aparecería de un momento a otro la ministra Sansegundo, le zamparía un beso de agradecimiento por su labor tutorial, y mandaría a casa del pupilo el helicóptero de Tulipán en misión rescate. Pero esas cosas sólo pasan en los cuentos y esto era la realidad.

Pensó pedir ayuda a los bomberos para que sacarán de la cama al adolescente embotellonado, igual que en ocasiones dedican su tiempo a bajar al gato de la vecina encaramado en el árbol. “Lo siento, todavía no ha empezado mi jornada laboral”, fue lo único que acertó a decir antes de que el buen padre le recordase que cobraba por tutor. Contuvo la rabia y se mordió la lengua.

En la radio hablaban del número de asignaturas con el que se repetiría curso en la LOE y si la Religión... Lo de siempre. Eso ya le daba igual. Después de sufrir en sus carnes tantas modificaciones casi no sabía discernir cómo fue antes ni cómo sería después. Empezaba a abominar de las reformas y de los reformadores. “Estos políticos han confundido lo de legislar con el mando de la tele”. Llevaba más de treinta años en el oficio y nadie le había preguntado nunca su opinión ni a él ni a nadie que conociese. Una vez le pasaron una de esas encuestas que nadie lee y ahí se le acabó el sueño de participar. Después de todo sólo era un trabajador más de la enseñanza, las leyes, los decretos, las órdenes y otros papeles de guardar. Así que cada uno en su clase y dios en la de todos. Hasta en los públicos. Y así una clase tras otra. Y de vez en cuando una tutoría y algún padre desesperado. ¡Quién le mandaría dar su teléfono en la reunión de padres! No se puede creer uno todo lo que anuncia la publicidad de las compañías médicas privadas.


La salsa de la vida

La adolescente carraspeaba como si se fuese a ahogar de un momento a otro asfixiada en su propia salsa. Los sonidos guturales, roncos y desagradables se adueñaban de la clase mientras el profesor pasaba lista. –Señorita, por favor. Acertó a decir entre un apellido y otro. -¿Qué pasa, es que tú no tienes mocos? A mí me deja tranquila ¿eh? –apostilló mientras se restregaba las narices con un pañuelo de papel hecho casi un amasijo. En un intento de colaborar en la limpieza de la clase, lanzó la inmunda pelota hacia la esquina en la que estaba la papelera. No acertó. –Por favor... -sugirió el profesor. –¿Yo? ¿Y para qué están los limpiadores? ¡Qué trabajen, qué son unos flojos! ¿O es lo voy a hacer todo yo? El resto de la clase seguía el combate con devoción y expectación inusitada. Estos debates eran de las pocas cosas que ponían en guardia las neuronas de aquel grupo de Educación Secundaria. El profesor le advirtió de que si no lo hacía tendría que ponerle una amonestación disciplinaria y que no estaba el horno para más bollos. La señorita de la carraspera le oyó como si escuchara llover. En algún momento hasta pensó que un policía le leía sus derechos. Una pedorreta irrumpió desde el fondo de la clase entre el asentimiento generalizado y la vergüenza de la minoría. Los apellidos y los nombres siguieron hasta el final mientras los unos y las otras -las señoras ministra y consejera habían impuesto el juego de la o y de la a para terminar con la violencia de género- hablaban del testarazo que recibió un linier por una falta mal pitada. Un móvil en desuso, fuera de cobertura, terminó con el pobre hombre en la enfermería. Todos y todas reían mientras algunos de los protagonistas se jactaban de la hazaña. El Kolectivo Naranja contaba con seguidores en la clase.

La presencia de la Jefa de Estudios calló por un momento a los estudiantes o lo que fueran. Se llevó a una pareja de encantadores adolescentes que en el anterior fin de semana había aprovechado la tecnología de última generación para grabar sobre las tres de la madrugada una felación a pie de botellona con la cámara del móvil. La niña en acción era una de las alumnas con Necesidades Educativas Especiales en proceso de integración.

–Pero si eso ha ocurrido fuera del centro, qué tenemos que ver nosotros. -El director intentaba rehusar la pregunta del periodista que esperaba en el teléfono-. ¿Cómo que han subido las imágenes a Internet en clase de Informática, quién lo ha dicho?, preguntó el director ya fuera de sitio.

Lo habían dicho los padres en comisaría al responder a las preguntas del policía que investigaba la denuncia.

-¿Y los alumnos estaban solos en clase?, insistía el periodista.

Desde la ventana se veía la clase de informática y en las pantallas de los monitores se sucedían los millones de colores de la red. El profesor atendía de manera personalizada las dudas planteadas por los ocupantes de uno de los quince ordenadores de la clase sobre la práctica a realizar. Parecía una clase tranquila y normal. Algunos decían que estas máquinas con sus juegos y sus colores amansan a las fieras.

–Harían falta mil ojos para que nada escapase al profesor –justificó el director mientras miraba de reojo el proyecto de centro T.I.C. que tenían en preparación y con el que prometían un ordenador por cada dos alumnos –diga también alumnas, por favor.

1 comentario

Pepe -

Cuánta verdad en lo que se cuenta. A los maestros los harán un día santos.