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El diario de los mártires

Las cruces, el opio y lo que de verdad importa

El fin de curso ha estado marcado por las cruces. Y no hablamos de las que han de poner los profesores en los informes personales de sus alumnos. Los profesores del siglo XXI se esconden detrás de las montañas de papel con las que la Administración hace aparentar que funciona. Y vivir entre papeles no es fácil. Pero hacer un buen papel de mártir tiene hasta su recompensa: Te dan por saco, por no ser más ordinario, y gozas de una forma sublime de felicidad, la propia de los místicos, de los soñadores, de los creyentes.

 

Pero claro que a veces en educación, que siempre es un cruce de caminos, lo importante son otras encrucijadas, otras cruces. Y es que vivir no siempre es tan fácil como cuentan los anuncios de tampones.

Imagínese usted en su casita, esa que tiene a disposición del euromibor y póngase en situación. La católicos, que somos la inmensa mayoría en este bendito país, tenemos problemas que no los tiene nadie. Hasta los príncipes presentan a su niña Leonor a las vírgenes de toda la vida. Y es que en un país como el nuestro es muy difícil diferenciar dónde empieza lo civil y dónde el más allá. Y además, siempre hay una suegra que te regala un crucifijo para que lo pongas en la cabecera de la cama. Esos crucifijos que deben velar por nuestros pecados son como espías a sueldo o como cámaras de seguridad. Con este panorama: ¿Se pone o no un crucifijo sobre la cabecera de su cama para que el Señor, el muchacho de la cruz, tome nota de todo lo que pasa sobre su catre nupcial? Cuidado que después se sabe todo y hasta lo publican en Pillados.com. Y sepa que, salvo los que están en el momento exacto de la expiración que miran hacia arriba implorando al padre celestial, los demás miran justamente a donde no deben. ¿O sí?

Pues si se hacen cargo de este problema doméstico pónganse en situación y llévenlo a los colegios públicos. Ahí sí que hay para todos. Desde los que reclaman respeto para nuestras tradiciones y nuestra cultura hasta los que piden libertad para elegir la decoración de sus clases. ¿Lo pongo o no lo pongo? Póngalo. ¿Lo quito o no lo quito? Quítelo. La administración educativa, a la que no le gusta definirse por sistema y que es víctima del dicho quijotesco de que con la Iglesia hemos topado, da lo mismo una de cal que otra de cal, pero sin mojarse, no vaya a ser que lo del infierno sea verdad, aunque Juan Pablo II ya dijo que no.

Así medio país quiere que lo pongan para que vele por nuestros pecados y evite contagios laicos y la otra mitad que desaparezca seguramente porque la resurrección crea falsas expectativas y la publicidad engañosa no está permitida. O sólo la pueden hacer las ministras y los consejeros y consejeras de turno. En fin, que hay para todos los gustos; que los quiten, como pidió la Junta de personal docente no universitario de Córdoba; que los pongan, como quería una asociación de padres por la “libertad religiosa” en centros públicos creada en el colegio público San Juan de la Cruz de Baeza (Jaén), que además de recoger firmas propuso faltar a clase para llevar en manifestación -¿o era en procesión?- a sus hijos a la catedral para que hicieran una ofrenda floral con motivo del Corpus Christi. Con la falta a clase se quería protestar por la retirada de esta actividad del Plan de Centro, además de por la orden de suprimir precisamente el cuerpo de Cristo de las aulas en las que estudian sus niños. Para integrar la actividad en el currículum los angelitos estudiarán en Ciencias Naturales las características de las especies florales ofrecidas.


El bautismo y los derechos fundamentales

Y es que religión y escuela si no son un todo son indisolubles, como la unidad de la patria. En un colegio público de Los Palacios y Villafranca (Sevilla) en el que los niños preferían mayoritariamente dar clases de Religión Católica, un padre tuvo que presentar una queja porque un niño de seis años, que era de los pocos que prefería otras alternativas, se pasaba los días preocupado y triste porque en su clase habían colgado unos murales en los que se anunciaba la dicha del bautismo en Cristo de los matriculados en la asignatura. El pobre niño nunca podría ser tan feliz, él no estaba bautizado en la gracia de aquel dios que se anunciaba por las paredes de su centro en los rostros mojados de sus amigos. ¿Y yo, papá? Durante un buen puñado de horas, días y meses cuando sus compañeros recibían la clase confesional convenida, acompañó a su tutor mientras hacía fotocopias y otras labores propias de la profesión. Era la Alternativa y un modo muy particular de entender el derecho a una educación digna. Para solventar el entuerto el padre tuvo que mover ruedas de molino para que aquello no afectara a la estabilidad emocional de su hijo. El infante, que no encontraba a su familia en los retratos, estaba siendo víctima de una forma sibilina de discriminación, como también se estaba faltando al derecho de sus padres -y de los otros- a no declarar sobre su condición o sus creencias. Pues no crean que le fue fácil al padre conseguir que aquellos murales se retirasen. Un pecador, que irá al infierno. Y comprendan que a los ojos de un niño, en su mente virgen y sólo pulida por Pokemon y Doraimon, estas cosas impactan más de lo que parece.

¿Y qué hubiera pasado si alguno de los niños inscritos en clase de Religión no hubiese recibido el sacramento? Para recibir estas clases no es requisito pertenecer o estar inscrito en la confesión católica ¿O sí?

Mientras las cruces iban o venían la Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica ha repartido por los centros educativos un cartel en el que, con crucifijo de fondo, se anuncia: “Yo elijo”. Un profesor de Filosofía, que ve que algunas de sus horas dependen del éxito o no de la “opción religiosa” se preguntaba sobre qué hubiera pasado si otros carteles hubieran incitado a que no. Las campanas y los púlpitos se habrían llenado de improperios y de acusaciones contra los infieles. En el fondo de todo y como siempre sólo están la bolsa y la vida.

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