La envidia nacional
Cuando al maestro o el profesor le llega al momento exacto en que despierta la envidia nacional ya ha superado el trauma que lo acompañó durante el curso y comprobado con desazón lo que ya Fernando Savater dibujó en el prólogo del “Panfleto antipedagógico” de Ricardo Moreno Castillo: “Cada vez que un grupo de mocosos bárbaros apalean a un indigente mientras lo filman con el móvil o acosan a un compañero hasta el suicidio, resulta que sus padres no sabían nada de la conducta de sus hijos, ni adónde iban o en qué gastaban su dinero, ni qué compañías frecuentaban..., ¡lo único de lo que estaban seguros es de que eran unos chicos o chicas de lo más majos! Con quererles mucho y defenderles frente a maestros y jueces, ya creen haber cumplido su tarea los progenitores A y B.”
Y ya sabemos quién tiene la culpa: El protagonista de la envidia nacional que los evalúa, a ser posible en positivo que es lo políticamente correcto, para que las estadísticas den cuenta de nuestra hermosa realidad. Y es que nunca se gastó tanto en educación y nunca fueron los resultados tan decepcionantes. Quizá porque los padres tienen su miga. En una entrega de notas la abnegada madre de un alumno con diez suspensos increpó dulcemente al tutor que “a su niño no lo habían motivado”. “Los huevos”, podría haber dicho el profesor al que se le quedó cara de tres días. El niñito llevaba “sin motivación” también los cursos anteriores: las tenía pendientes todas. Mamá sí que lo motivaba.
Con la evaluación el profesor también suspende o aprueba. Cuando un maestro no aprueba a nadie parece evidente que algo falló, aunque fuese la “adaptación” de los contenidos por debajo de cero. Servidor conoce a un profesor de Ciencias Naturales que si aprueba a un alumno es porque se equivocó sumando la valoración de sus preguntas. ¿Suspende el alumno o el profesor? Los mismos alumnos con otro habrían mejorado en las estadísticas, pero eso tampoco soluciona nada.
En nuestros empedernidos docentes lo que no termina de cuajar nunca es la evaluación continua que nos legó Villar Palasí, ministro de Franco. Casi cuarenta años después, y como en casa del herrero cuchillo de palo, este concepto debe tener unas implicaciones filosóficas tan grandes, precisa de cálculos tan rotundos como complejos, y responde a una estructura gramatical tan complicada, que no hay dios que sepa en qué consiste. En eso los evaluadores “Necesitan Mejorar”. La mayoría cree que lo de evaluar continuamente puede estar bien para Música pero nunca para Matemáticas; para Inglés pero nunca será posible en Lengua, seguramente porque el inglés no es una lengua sino un idioma. Aunque en Francés uno ha escuchado que un alumno suspende por aprobar la 3ª pero tener pendiente la 1ª y la 2ª. Esto desde que Francia puso en evidencia a los niños de Luis Aragonés lo entiende todo el mundo.
En este mar de lágrimas la tabla de salvación son las vacaciones que están detrás de la montaña de papeles que le espera cuando el curso se va acabando. A más suspensos más papeles. ¿La administración premia a quien pasa la mano? Convertido el suspenso en tarea burocrática el alumno con más cates puede presentarse en su casa con un carro lleno de papeles que seguramente no leerá casi nadie pero en los que se le recordarán los objetivos, los contenidos, la metodología y la evaluación de lo que nunca entendió. Un profesor entregó como recomendación del verano el examen que pondría. Sólo lo aprobó uno. Sin comentarios.
A lo mejor julio y agosto son el premio por seguir creyendo en el dogma de que la educación nos hará libres pero no millonarios. Aunque también los hay que piensan que es mejor que nos deje como estamos, entre otras razones porque saben que si no ganan los euros que Beckham ni se llaman María José Campanario tampoco eso sirve de mucho.
Lo cierto es que vacaciones aparte en el gremio abundan las víctimas del síndrome del profesor quemado que darían su vida por trabajar de albañiles. El albañil tiene claro su estatus y se sabe sus derechos. Y nadie es más feliz que un albañil en su tajo recitando piropos a las mozas y mozos del lugar que hacen el paseíllo por su territorio. El albañil marca su zona con andamios y sacos de cemento y es el ser más feliz del mundo. “A ti sí que te ponía yo un ladrillo entre pierna y pierna”. “Contigo hasta me sobra el butanero”. El albañil es la creatividad en estado puro y sus piropos son aplicaciones prácticas de la metáfora, la elipsis... Y si se equivoca nunca es por su culpa, lo dijo la señora o el señor. Tampoco tiene problemas de conciencia ni de evaluación ni vive con los del informe PISA acechándole. Su problema son las vacaciones. Lo dicho: el que vale vale y el que no a estudiar.
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Manolo Pérez -